La situación jurídica y legal de la Mujer en la España Contemporánea. Parte 3.

 Alegoría de la II Republica Española

Mujeres, el derecho a la educación y el derecho educativo en la España contemporánea.

 

Debemos remontarnos a 1857, año en que fue aprobada la Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre, conocida por Ley Moyano en honor al ministro de Instrucción Pública artífice de la misma. Esta ley contemplaba la obligatoriedad de la instrucción primaria para niños y para niñas, lo que significaba que la educación era obligatoria entre los 6 y 9 años, dividiéndose en educación elemental y superior. Se fijaba la creación de escuelas de niños y de escuelas de niñas, salvo en poblaciones pequeñas donde se permitía la existencia de escuelas mixta. La educación debía ser gratuita para los hijos de familias sin recursos y, las escuelas quedaban bajo el patrocinio de los municipios.

Sin embargo, la educación era distinta para ellos y para ellas. Existían asignaturas comunes como: doctrina cristiana e historia sagrada, lectura, escritura, gramática castellana, aritmética, sistema legal de pesas, medidas y monedas y rudimentos de historia y geografía. Pero la ley dejaba claramente fijado que los niños además debían adquirir nociones de agricultura, industria y comercio, geometría, dibujo lineal y agrimensura, física e historia natural. Las niñas en cambio recibirían nociones de labores propias del sexo, dibujo aplicado a estas nociones e higiene doméstica.

Hay una pregunta a la que es necesario responder: ¿Qué representó la enseñanza para las niñas de familias trabajadoras y para las niñas de las clases medias o altas? Hay que tener en cuenta varios aspectos con respecto a la educación de las mujeres. En primer lugar, las niñas nacidas en el seno de familias burguesas eran instruidas en escuelas privadas y  religiosas o en el propio hogar en las llamadas enseñanzas de “adorno”. Es decir, les enseñaban labores, música, piano, básicamente todas aquellas materias que les podían servir en su vida adulta para contraer un buen matrimonio y, para apoyar a su marido en las reuniones familiares y sociales. Eran aquellas doctrinas que les permitieran convertirse en una buena anfitriona, lo que redundaría en el prestigio social de su esposo.

Por otro lado, las niñas de las clases trabajadoras, que según establecía la ley debían acudir a clase entre los 6 y los 9 años, raramente lo hacían. En primer lugar porque las familias obreras sobrevivían gracias al trabajo del padre, de la madre y de las hijas e hijos, por lo tanto, este era un privilegio que si la familia se lo podía permitir con alguno de los hijos, primaba la instrucción de los varones. El objetivo era que ellos pudieran acceder con posterioridad a un trabajo mejor, capacitándose para ello si era posible. La trayectoria de vida pensada para una niña era el matrimonio y la maternidad, el trabajo de una mujer era algo coyuntural en momentos concretos, por lo tanto no era necesario que se capacitara para ello.[1]

La realidad fue que esta obligatoriedad de instrucción no se cumplió. Una nueva ley de 23 de junio de 1909 ampliaba la obligatoriedad de la enseñanza primaria para niños y para niñas hasta los 12 años.

La ley Moyano hablaba de lo que llamó la segunda enseñanza dirigida a niños. Es cierto que las niñas no quedan excluidas de ella, pero la misma ley no se fija en ellas, determinando los estudios para las enseñanzas técnicas que pudieran interesar a los niños, futuros trabajadores de profesiones industriales, propias de hombres. El objetivo principal de la instrucción era capacitar a los estudiantes para el trabajo.

Esta misma ley estableció la creación de las Escuelas Normales de Maestras. Porque la maestría de las primeras letras se entendía como algo natural para las mujeres. La enseñanza de las niñas de 6 a 9 años debía ser ofrecida por mujeres preparadas para ello. Sin embargo, la enseñanza para las mujeres que accedía a estos estudios era a todas luces deficiente. Así, los sectores españoles vinculados al krausismo, al regeneracionismo cultural, al Ateneo Artístico y Literario de Señoras creado por Fernando de Castro en 1869 y a la Asociación para la Enseñanza de la Mujer fundado en 1871, de la que nacieron la Escuela de Institutrices y la Escuela de Comercio para Señoras, denunciaban la escasa y mala educación que recibían las mujeres en estas escuelas normales de maestras donde los estudios eran pobres y escasos.

Hasta tal punto esto era cierto que en 1887 un real decreto fijaba la necesidad de mejorar los estudios en las Escuelas Normales de maestras. En 1901 se reformaban los estudios que se impartían tanto para hombres y mujeres en las escuelas normales de maestros y de maestras, al tiempo que se señalaba que estos debían ser idénticos, salvo que para las mujeres se añadía como asignatura “labores”. En 1909 se creó la Escuela Superior de Magisterio para hombres y mujeres. A la altura de 1930 todas las capitales de provincia contaban con una escuela nacional de maestras.

También se establecía la creación de las escuelas nocturnas de adultos. El objetivo era terminar con las elevadas tasas de analfabetismo en España.

La división de roles quedaba claramente determinada. La importancia de esta ley de 1857 fue fundamental al ser una de las más longevas de España. Durante la Segunda República española existió el proyecto teórico para la aprobación de una nueva ley de educación, sin embargo, la escasa duración de la misma y las complicadas condiciones no permitieron su formulación.

En España no existía una prohibición expresa que impidiera a las mujeres acceder a los estudios secundarios, al bachiller y a la universidad. Sin embargo, su matriculación en los estudios técnicos era impensable y el ingreso en la universidad fue muy restringido. Su inscripción tampoco era libre, estaba condicionado desde 1888, en primer lugar por la autoridad paterna o en su defecto marital y, en el hipotético caso de que una mujer (viuda o soltera con derechos sobre sí misma) que obtuviera esta autorización quisiera acceder a alguna licenciatura debía contar con la autorización del rector y su expediente de acceso pasaba a ser revisado por el Ministerio de Fomento.

Entre 1880 y 1890 solo quince mujeres españolas concluyeron sus estudios universitarios repartidas como sigue: 7 en medicina y cirugía, 3 en ciencias, 3 en filosofía y letras y 2 en farmacia.[2]

La real orden de 2 de septiembre de 1910 del ministerio de instrucción pública declaraba el libre acceso de las mujeres a cualquier profesión previa obtención del título adecuado. Esto significaba que quedaban eliminadas las limitaciones de admisión para las mujeres en los estudios oficiales y no oficiales, permitiendo su acceso a las aulas universitarias. Sin embargo, las mujeres que lo intentaron no lo tuvieron fácil. Cuando pudieron acceder libremente a la universidad la complicación se planteó en la viabilidad para ejercer la profesión que habían elegido una vez obtenida la licenciatura correspondiente. Por ejemplo, se entendía que las mujeres no debían acceder a los estudios de derecho porque el ejercicio de la abogacía requería como virtud la discreción y sabido era que las mujeres no “pueden” ser discretas ni guardar secretos!!!!

En el curso académico de 1915/1916 las mujeres que obtuvieron su licenciatura fueron: 219 matronas; 91 practicantes; 51 ciencias; 40 filosofía y letras; 27 en medicina; 20 en farmacia; 1 en derecho.[3]

En el anuario del año 1930 los tantos por cientos de mujeres licenciadas en el total del universo de licenciados universitarios españoles son como siguen: 9,6% en filosofía y letras; 0,5% en derecho; 6,2% en ciencias; 1,3% en medicina; 17,6% en Farmacia; 26% practicantes; 100% matronas; 3,7% odontólogas; 100% enfermeras.

Varias son las mujeres que en los años 20 destacaron en el mundo profesional. Así Carmen de Burgos (Colombine) cuya actividad periodística fue frenética, a ella debemos la traducción española del libro “la inferioridad mental femenina” de Moebius; Margarita Nelken, militante del partido socialista y una de las primeras mujeres que obtuvo acta de diputada en el congreso. Destacan especialmente dos mujeres como Clara Campoamor y Victoria Kent, ambas iniciaron sus estudios en derecho tras haber pasado previamente por la escuela de maestras. Fueron las dos primeras mujeres abogadas españolas que se colegiaron y ejercieron su profesión en los tribunales. Ambas se convirtieron en referente para muchas mujeres españolas.

La educación de la mujer española sufrió un impulso muy importante, a la par que el de los hombres, durante la segunda república. No en vano a esta se le llama la “república de los maestros”. Las autoridades republicanas tuvieron una percepción fundamental de la educación e instrucción de los españoles y españolas. De hecho y, como muestra del valor que se dio a la educación, los debates parlamentarios sobre la concesión del derecho al voto a la mujer se vieron profundamente atravesados por esta idea como veremos un poco más adelante en este mismo trabajo. Durante la república fue fundamental la misión encarnada en la expresión de “revolución pedagógica” y, si bien es cierto, que ya en 1909 se había establecido el sistema coeducativo en la enseñanza primaria, no será hasta la república cuando ésta se lleve a cabo de forma sistemática. Hay que tener presente que la coeducación de niños y niñas es un aspecto fundamental para educar en valores igualitarios y es un tema que encontramos de plena actualidad en nuestras sociedades presentes. Ciertamente, junto con la educación laica que durante los años de república recibirán los escolares españoles, será un aspecto fundamental para instruir a los futuros adultos en valores igualitarios, lejanos de la dependencia masculina y eclesiástica.

En la guerra civil el gobierno del bando sublevado instalado en Burgos comenzó a contra legislar inmediatamente. En el mismo año de la sublevación, en 1936, junto con la moralización de las costumbres se decretó la supresión de la coeducación y de las escuelas mixtas. Con la educación el régimen franquista buscó crear un modelo de mujer sujeta al varón, que fuera su punto de apoyo en el hogar, una mujer que educara a sus hijos en valores católicos, de defensa de la raza y de la nación. Se estableció una educación especial para las niñas y las jóvenes, que salvo en el caso de las dirigentes y las élites femeninas no tuvieron acceso a las enseñanzas secundarias y mucho menos universitarias.

Con el decreto de 28 de diciembre de 1939 se encargaba a la sección femenina la formación de las mujeres para el hogar en sus centros de educación.

En la ley de 17 de julio de 1945 la enseñanza primaria se declaraba obligatoria y gratuita para toda la población. A las niñas había que prepararlas para la vida del hogar y las labores domésticas. Se justificaba la segregación de los sexos y se obligaba al profesorado que fuera del mismo sexo que el alumnado. Quedaban expresamente prohibidas las escuelas mixtas.

En 1945 un decreto de 2 de marzo creaba el Instituto de Enseñanzas Profesionales de la mujer en Madrid. Su objetivo era formarlas para los trabajos manuales y repetitivos que se consideraban propios de ellas. A partir de 1957 las escuelas del hogar y profesional de la mujer serán consideradas una institución oficial de formación profesional industrial.

El 26 de febrero de 1953 se sancionó una importante Ley con el fin de mantener la educación de la mujer en los parámetros de la formación para la maternidad.

Habrá que esperar hasta 1970 cuando bajo la iniciativa del Ministro de Educación José Luís Villar Palasí se sancionó la Ley general de Educación. El texto tuvo como objetivo fundamental extender a la educación el modelo de estado tecnocrático. Así se democratizó la enseñanza, se unificaron las escuelas, se proclamó la educación para todos.

El campo universitario fue un espacio vetado para la mayoría de la población española, hombres y especialmente mujeres. Sin embargo, con el tiempo las aulas universitarias se fueron abriendo para todos y en la década de los años 70, especialmente a fines de la misma, se popularizó el ingreso en las universidades.

[1] Tasas de analfabetismo en España:

  • 1870 = el 81% mujeres frente al 68% hombres.
  • 1900 = el 71,43% mujeres frente al 55,7% hombres.

[2] Los datos los ofrece en un artículo BALLARIN, Pilar. (2000) “La construcción de un modelo educativo de utilidad doméstica”. En Duby, G. y Perrot M. (Dirs.) Historia de las Mujeres. (Vol. 4, pp. 633). Taurusminor. Madrid.

[3] Los datos sobre la presencia femenina en la universidad española pueden encontrarse en ORTIZ ALBEAR, N. (2003) “Las mujeres durante la restauración”. En Cuesta Bustillo, Josefina. (Dir.) Historia de las Mujeres en España. Siglo XX. (Vol. 1, pp. 247 y 248). Instituto de la Mujer. Madrid.

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